sábado, 2 de febrero de 2013

HOY ROBÉ

Sí.

Robé.

Llevaba mucho tiempo planeándolo.

Hoy lo hice.

Pero dejé tantísimas huellas y salió tan horrible mal la cosa, que sólo esoty esperando a que vengan. De un momento a otro. Así que antes de eso quiero escribirlo aquí, porque es el momento de hacerlo. Luego con, sobre todo, los reproches de mi mujer, no podré.

Lo hecho hecho está. Nunca pensé que no sería más que un robo.

Voy a escribirlo en word y, antes de que timbren a la puerta lo meteré en este blog.

Hasta dentro de muy poco.

*

aún no se enteraron, así que a los pocos voy a ir metiendo en este blog lo que voy escribiendo en word:


Robé y, lo más grave m. No, ni puedo escribirlo, sólo pensando en la decepción enorme de mi mujer, y de mi hijo Alberto, y de Victoria. Y de Laura, aunque yo sé que Laura puede entenderlo. No justificarlo, pero sí entenderlo
Estoy desnudo, desnudo de todo, tapado con una manta, en el sofá del salón, con el ordenador en el colo. Pasando frío, frío físico y frío en el alma.
Es sábado. Son las 10:56. Mi mujer aún está en cama. Yo fui a las 8:45 a llevar a mi hijo al fútbol a Arteixo. Lo vi 10 minutos jugar, pregunté a un padre, Melchor, si me lo podía volver a llevar a casa y marché.
Marché directo a lo que iba a hacer. Lo tenía –creía- bien preparado.
Fui a Ciudad Jardín, me puse un pantalón vaquero viejo y unas zapatillas de verano, sin calcetines. Y el resto de ropa, seguí con ella, la zamarra, otra cazadora, un chaleco que había comprado de mi talla (por haber bajado 30 kilos estaba contentísimo), una camisa nueva también de mi talla, una camiseta de mi talla y unos calzoncillos también de mitalla.
Me ocupé de llevar el teléfono conmigo por si algo salía mal y tenía que llamar (salió todo muy mal, pero no como podía esperar y no, no llamé por teléfono). La cartera con mi carnet la había dejado ya antes en casa, para no perderla.

**

Llegué a casa, subí absolutamente todo empapado, de los pies a la cabeza, con mi ropa empapada,  manchada, chorreando, toda.
Abrí la puerta con cuidado, pero decidí desnudarme fuera para no salpicar toda la casa y las alfombras. Me quité primero de todo los zapatos empapados. Luego el pantalón, la zamarra y la cazadora que llevaba debajo, chorreando. No lloré, no, pero estaba –y estoy- en una nube. Aturdido. Culpable. ¿qué dirá mi mujer? Lo sé. Lo sé de sobras.
Pero a ella le vine diciendo mis planes dese hace tiempo, que coinciden desde que estoy mal económicamente (que no emocionalmente ni afectivamente, pero sí muy mal de dinero). Yo sabía, sabía perfectamente donde había oro, mucho. Muchísimo. Y a mi mujer se lo conté. Y también el plan para sacarlo. Un plan bueno, sin aparentemente problemas. Ella me escuchaba y se reía, bueno me escuchaba y se reía mientras no se quedaba dormida –siempre se queda dormida cuando empiezo a hablarle de cualquier rollo-. Creo que igual hubiera sido que le dijese que iba a matar, robar o cualquier cosa: seguro que después de ir poniéndola en situación y antes de decirle lo importante, estaba ya dormida, independientemente de la hora que fuese del día. Ahora mismo hasta dudo que ella hubiese escuchado lo que le decía de robar.
Pero ahora está hecho, y salió mucho peor. Mucho peor. Pero bueno, yo siempre le digo a mis hijos que no hay que hacer tragedias de nada, porque ya se verá si lo que ocurrió y que ahora parece fatal, no será finalmente la causa de algo maravilloso para nosotros o para otras personas que queremos más que a nosotros mismos.



***
Aún no vinieron por mí. Continúo pegando aquí lo que escribo en word:




Entré en casa, después de hacerlo. Hacerlo sólo me llevó 5 minutos y cogí oro, pero no todo el que había. No pude. Todo salió mal. Y cuando llegué a casa, después de desnudarme de todo en el descansillo de la escalera metí toda la ropa en la lavadora, para borrar las huellas. Dejé el oro guardado. Y me puse a comer, desnudo de todo. Primero chocolate negro de esas tabletas antiguas de hacer a la taza: 2 onzas. Con pan. Y luego abrí una y otra vez la nevera. Elegí un chorizo y corté un trozo. Cogí más pan. Metí el resto en la nevera. Volví a abrirla, a cortar más. A coger más pan. Fui al baño a hacer pis. Desnudo. Culpable. Mal, muy mal. No lloraba y no lloro. Ocurrió. Aguantar. Igual podemos quedarnos con el oro. Aunque hablaré. Seguro.
Fui al salón, volví al comedor, a la cocina, otra vez a la nevera. A la despensa. Comí. Comí. Anduve de un lado a otro. Desnudo.
Y dije: espero. No subo. No le digo nada a mi mujer. Pronto lo va a saber. Escribo en el blog. Ah, por cierto, ayer me levanté muy contento: pesaba 72 kilos. Hoy por la mañana 72,4 (ayer comí, bueno no me acuerdo en absoluto de lo que comí ayer). Mañana, si puedo pesarme, seguro que pesaré bastante más. Pero, en estos momentos no importa. ¿Qué más da?.  Tendré años para conseguir el 69 en la báscula y en cualquier otro sitio.
Es increíble: a pesar de lo intranquilo e inquieto que estoy todavía tengo ganas de bromear. Bueno, tal vez sea bueno eso. Pero no puedo quitarme de la cabeza el daño que hice, y sin culpa ninguna, inocente de todo, con muy pocos años. ¡Dios mío!

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